Tabareleaks


“Un presidente tiene la obligación de plantearse todos los escenarios posibles que le puedan presentar ante un determinado problema. No esperar a que el problema surja para ver qué hacemos. Y yo me planteé todos los escenarios, desde que no pasara nada y al otro día nos levantáramos y estuviera solucionado el problema, hasta que hubiera un conflicto bélico”
Las expresiones del ex presidente Tabaré Vázquez, del martes 11 de octubre, provocaron una andanada de reacciones algunas de las cuales me interesa analizar y compartir.
A la vanguardia de esas reacciones podemos hallar tres grupos claramente definidos: el de los gobernantes argentinos de la época (lo siguen siendo), contendientes de una disputa irracional y rehenes de la coyuntura política y electoral de su país en ese entonces.
El de la oposición blanquicolorada uruguaya obligada a aprovechar al máximo el flanco dejado por Tabaré o a esperar que aparezca el próximo que como el Halley podría ser dentro de otros 76 años.
Y el último, el de algunos integrantes de la propia izquierda frenteamplista, que no ha vacilado en insinuarse definitivamente decepcionada y hasta traicionada.
No vale la pena detenerse mayormente en las reacciones del primer grupo fundamentalmente porque son parte interesada. Son los que sostuvieron el conflicto y apoyaron por acción y por omisión a un grupo de ciudadanos argentinos que se adjudicaron el derecho de permitir o no el paso por los puentes internacionales que unen a Uruguay con Argentina.
La irracionalidad que caracterizó a este conflicto nunca estuvo en la banda oriental del río Uruguay sino en la pasividad consciente del gobierno argentino ante las medidas ilegítimas, desproporcionadas, y contrarias a derecho en el marco de la campaña electoral para las elecciones presidenciales argentinas.
Ahora han visto la posibilidad de blanquear su triste papel de entonces oponiendo el “carácter belicista” de su contendor, y por lo tanto responsabilizándolo del conflicto, carácter que no surge de las expresiones de Tabaré mas allá de los enormes titulares de prensa escritos en letras de catástrofe de uno y otro lado de la frontera.
Tampoco es mi interés, analizar mayormente al segundo grupo sino a las críticas honestas o no que hayan surgido desde la izquierda.
Debo admitir que me identifico con el tipo de liderazgo de Tabaré. Una de las razones es por su accionar claro y mesurado; y este episodio no se compadece con una larga trayectoria política pública que hace honor a esas características.
Es por eso que opino que Tabaré debería contar con muchísimo más crédito entre los uruguayos y las uruguayas, en particular, entre los frenteamplistas.
No son de recibo las críticas al modo en que administró el diferendo con la Argentina. Me parece desleal y de mal gusto pararse hoy, con la planta construida y funcionando, con el fallo del Tribunal de la Haya, lejos de los avatares de aquella coyuntura política – particularmente la argentina-, para decir: ¡esto se hace así!. Es reducir la política internacional a la dimensión exclusiva de las habilidades sociales y las relaciones interpersonales.
Para muchos, el solamente plantearse la posibilidad de una agresión armada constituye una afrenta. Para Vázquez era un extremo que debía considerar.
Es cierto que la amenaza estaba latente, en declaraciones públicas y en hechos concretos como los inusitados ejercicios militares del ejército argentino relativamente cerca y con maniobras similares a las de una incursión por territorio uruguayo.
“le pedí a la señora canciller Condolezza Rice que dijera (si ella lo entendía así) que Uruguay era un país amigo y socio de los Estados Unidos…y que le pidiera al Presidente Bush si era posible que dijera lo mismo”
Esta concesión de Tabaré Vázquez a la Real Politik que algunos vaya a saber porqué han querido confundir con un pedido de intervención militar yanquee lo ha transformado, a los ojos de algunos, en algo así como un pro-imperialista.
Justo a Tabaré, cuya primer medida en política exterior fue la reanudación de las relaciones diplomáticas con Cuba, las que se habían deteriorado hasta la ruptura durante el gobierno blanquicolorado, este sí, abyecto al punto de ser uno de los pocos países en alinearse junto a Estados Unidos en la ONU para votar a favor del embargo a esta isla.
Tampoco se alineó con Estados Unidos durante el proceso para la elección del Presidente de la OEA en 2005 ni en ninguna otra cuestión, más bien manteniendo una postura latinoamericanista coherente con los postulados de la izquierda en la materia, que dicho sea de paso no promueve cortar relaciones con ningún país en particular ni abdica de procurar estrechar lazos comerciales mientras no se vulnere esos postulados.


El presidente que recibió un país fundido y desesperanzado y lo lideró en un proceso radicalmente transformador, en los hechos más que en los discursos, y que se perfila como la opción que mejor garantiza la continuidad del proyecto de izquierda en Uruguay debería haber encontrado en este episodio una izquierda mucho más leal, tolerante e inteligente.

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